domingo, 2 de octubre de 2011

UNA ESCALERA MONUMENTAL


Desde finales del siglo XIX existía una modesta escalera de madera que, situada entre el Mantelete y el torreón de la Cal,  servía de acceso al Pueblo. Ignoro la razón de la existencia de esta escalera cuando a pocos metros de distancia se hallaba la rampa y puerta de la Marina, por los que se accedía igualmente a la antigua Melilla. Es posible que hubiera alguna restricción para su uso, por motivos que desconozco.

Escalera monumental, acceso desde el Mantelete (1914)

En 1910 la escalera se encontraba en muy mal estado por lo que era conveniente su sustitución por una nueva. Ante esta inmediata posibilidad la Junta de Arbitrios ordenó, en agosto de ese año,  la demolición de la barraca que la sociedad Salvamento de Náufragos tenía al pie del citado torreón. La Sociedad, de carácter privado, se había fundado en 1892 y estaba subvencionada por la Junta de Arbitrios.

En Junta celebrada en septiembre  del mismo año, el general Arizón, propulsor de la obra, sometió a la consideración de la Junta la construcción de una escalera con dos accesos; uno desde el Mantelete y otro desde el muelle del Comercio o Civil. 

Como ha sucedido en innumerables ocasiones en la historia local, la propuesta quedó en el aire, dadas las necesidades de la ciudad, que aconsejaban la inversión de los fondos municipales en proyectos  más urgentes.

 Escalera monumental, acceso desde el Muelle Civil (1917)

El asunto fue reconsiderado  dos años y medio más tarde por la Junta, presidida por el General Villalba, y así, en sesión del día 19 de julio de 1913 se aprueba la construcción de la escalera, que en esta ocasión recibe el adjetivo de monumental, por sus dimensiones; el proyecto se adaptaba, en sus líneas generales,  a  la propuesta por el  general Arizón.

Bajo el precio límite de 15.834 pesetas, la Junta de Subastas adjudicó la obra, el 20 de febrero de 1914 a Francisco Sempere Jaén, en la cantidad de 13.334 pesetas. 

 
Escalera monumental, desde el Muelle  (1930)

Las obras de la escalera, de cemento armado, comenzaron en mayo, bajo la supervisión del capitán De la Gándara. Para su ejecución,  fue preciso derribar la caseta de filtros del Torreón de la Cal. Fue terminada en el mes de octubre siguiente; Ignorado cuando fue desmontada.

 Escalera monumental, desde el Muelle  (1941)

domingo, 25 de septiembre de 2011

EL ZOCO DE REINA REGENTE

Al producirse los acontecimientos de julio de 1921, que terminaron en el  derrumbamiento de la Comandancia General, en la ciudad de Melilla se produjo una gran tensión  emocional entre sus habitantes, tensión que fue incrementándose a medida que iban llegando las dramáticas  noticias que, procedentes del campo rifeño, ponían de manifiesto  la gravedad de los hechos. Vista la situación interna de la ciudad, la mayor parte de los comerciantes marroquíes asentados en ella tomaron la decisión de abandonarla a la espera de tiempos más sosegados, repitiendo una actitud ya presenciada durante la anterior campaña de 1909. La Comandancia General  dio seguridades a estos comerciantes de que sus intereses serían protegidos, advirtiendo al mismo tiempo de que no se toleraría ninguna clase de agresión física o verbal contra aquellos. Si bien  la mayor parte de los comerciantes marroquíes oriundos de la zona occidental de Marruecos, asentados preferentemente en el barrio del Mantelete,  optaron por la permanencia, aunque con escasa clientela, no pocos de los comerciantes, procedentes en su mayoría de las kabilas de Mazuza y Beni Sicar,  que hasta entonces se situaban en los mercados al aire libre, en los que se ofrecían productos procedentes del campo de las kabilas cercanas, prefirieron ausentarse de la ciudad.

 Zoco de Reina Regente, vista general (1921)

Esto originaba un doble perjuicio. Para los habitantes de Melilla que dejaban de tener acceso a productos de primera necesidad y a precios relativamente baratos, y para los kabileños que aportaban estos productos al mercado de Melilla, que perdían un mercado indispensable para ellos.

Para conciliar ambos intereses, impedir  la posibilidad de algún incidente y controlar al mismo tiempo el acceso a la ciudad de posibles agentes que adquirían géneros y efectos que finalmente terminaban en manos de la harka enemiga, el general Cavalcanti, nuevo Comandante General de Melilla desde el 31 de julio anterior, por disposición del 12 de agosto de 1921, ordenó la habilitación, en la zona de Reina Regente, de un zoco para la venta de productos del campo rifeño, donde se centralizó todo el comercio local de este tipo de artículos. Era la misma zona donde quince años antes la Junta de Arbitrios había aprobado la instalación de un zoco, con proyecto del entonces ingeniero de la Junta Eusebio Redondo Ballester, proyecto que nunca se llevó a cabo.

El zoco, que se formó inmediatamente,  se situaba al pie del fuerte de Reina Regente,  entre el incipiente barrio del mismo nombre y el camino de Hidum, adoptando una estructura similar a la de los zocos tradicionales del campo vecino.

Tenía vigilancia permanente, establecida por la Guardia Civil y por los cuerpos de la guarnición presentes en la plaza, vigilancia que se extendía incluso hasta el control de acaparadores y revendedores que aprovechaban la circunstancia para adquirir todo o la mayor parte de un producto con el fin de revenderlo posteriormente a mayor precio.

 Zoco de Reina Regente, alfarería (Lázaro, 1921)

Los precios, dadas las circunstancias del momento, que se traducían en una menor oferta, y la llegada de nueva población a la ciudad, habían sufrido un aumento en comparación con los que regían con anterioridad. Como ejemplo, una gallina costaba 3 pesetas, un pollo, 2; una docena de huevos  1,75, y  un kilo de patatas 25 céntimos.

Para poder tener una referencia sobre la capacidad adquisitiva de la población de Melilla, en su mayoría de condición obrera, diremos que los salarios oscilaban entre las 3 o 4 pesetas diarias que cobraba un jornalero, los más bajos entre  los asalariados de la ciudad, y las 4 a 6 pesetas que percibía un minero. Entre las mujeres, solamente figuraban en las estadísticas  las costureras, que, como era de esperar en la época de que se trata, percibían entre 1,50 y 2 pesetas diarias. Todos ellos por día real trabajado. Como puede verse, aunque los precios de los productos del zoco de Reina Regente no eran altos, suponían para  la vida cotidiana del obrero un elevado coste. En aquella época se vendía, en los establecimientos del ramo,  pescado de baja calidad, únicos a los que podían acceder las clases humildes, y que hace mucho tiempo desaparecieron del mercado.

 Zoco de Reina Regente, hortalizas (Lázaro, 1921)

Un producto muy demandado en Reina Regente era el tabaco, aportado por los kabileños, procedente del contrabando, endémico en la ciudad en este tipo de producto, pero que en aquellos luctuosos días, sin tener absoluta certeza, se creía que podía proceder de la  factoría de Jorro en Nador, desmantelada por los harkeños o sus simpatizantes.

El zoco de Reina Regente tuvo una corta vida. Fue suprimido el 15 de junio de 1923 por el General Echagüe, presidente de la Junta de Arbitrios, por orden del nuevo Comandante General, Martínez Anido, en una de sus primeras disposiciones tras su llegada a la ciudad.

lunes, 22 de agosto de 2011

EL MERCADO DEL POLIGONO

Antes de que el cuarto recinto de la fortificación de Melilla quedara completamente cerrado,  el mercado diario de artículos de primera necesidad y  de consumo habitual   se desarrollaba, según las épocas,  o dentro del primer recinto, o en el terreno bajo llamado Mantelete. Productos del campo que, en las épocas de tranquilidad,  eran conducidos  a Melilla  por las kabilas marroquíes circundantes. 

Al levantarse  el Muro X, en una primera fase del proyecto de ensanche del comandante Lizaso (1880), al mercado, llamado en la plaza Mercado de los Moros,  se le dio una ubicación fija en el Mantelete de San Jorge, espacio limitado por el citado muro y otro perpendicular al mismo, que en el plano de Lizaso llevaba también la letra x; espacio que hoy podemos situar entre el viejo mercado del Mantelete y la muralla del segundo recinto, donde se encuentran los supervivientes edificios  de antiguo barrio.

En una tercera fase, tras quedar cerrado por completo el Mantelete, el mercado fue trasladado al llamado Mantelete exterior. Este mercado era conocido con el sugerente nombre de Zoco, se celebraba al aire libre, y subsistió,  tras la campaña de Margallo, en el terreno que dejaron libre los nuevos cuarteles provisionales.

 Zoco del Mantelete (1892)

A principios de 1891 se inicia la construcción de  los barrios exteriores, comenzando por el llamado del Polígono, momento en que  surgió   la necesidad de la construcción  de  un mercado que sirviera al conjunto de la población. No era una idea nueva, pues ya en 1890 D. José Gómez, previendo la expansión de la ciudad, había propuesto esta clase de obra. Aunque se llegó a encargar  al ingeniero militar Eligio Souza  la confección  de un proyecto, y se llegó a anunciar, año tras año,  el inminente comienzo de las obras, el proyecto quedó pospuesto hasta que en sesión del 5 de junio de 1896, y apoyado por el general Alcántara, se aprobó por el pleno de la Junta de Arbitrios uno  propuesto en una sesión anterior por el comerciante Carlos Ezagoury, edificio  a situar en el Mantelete.

Con las obras a cargo del contratista malagueño Francisco Orozco,  constructor del cuartel de la Guardia Civil (1896)  y del actual edificio de la Comandancia General (1904), el mercado del Mantelete se inauguró el 3 de enero de 1898, destinado, en principio, a artículos de consumo diario.

Con el mercado de hierro del Mantelete, siguió conviviendo  el mercado de verduras  al aire libre, que diariamente, al toque de diana, cuando se abría la puerta de Santa Bárbara, se formaba espontáneamente en la calle del mismo nombre y en la inmediata de San Jorge.

 Mercado del Mantelete (Gómez, 1904)

Esta situación se mantuvo hasta que, con  el aumento de población, y la creación de nuevos barrio exteriores como los del Carmen (1897), Santiago (1900) , y Buen Acuerdo (1902), situados a la distancia que hasta entonces marcaba la normativa de zonas polémicas, comenzaron los vecinos a presionar demandando la construcción de un mercado  cercano.

Como la idea de distancia cambia según el tiempo y el lugar, hoy nos parece que esta distancia es pequeña, pero entonces la comprendida entre los barrios exteriores y el Mantelete parecía grande a los habitantes de barrio, especialmente para los del Polígono.

Por fin, en la sesión de la Junta de Arbitrios del 20 de junio de 1904, el Mayor de Plaza, haciéndose eco de las peticiones de los vecinos, propuso la construcción de un mercado exterior, proponiendo que fuera levantado junto al Tejar de Ingenieros, donde estuvo la Comandancia de Ingenieros y hoy contiene dependencias militares. La propuesta fue rechazada por  estar el lugar dentro de la zona polémica. No dándose por vencido el Mayor insistió en sesiones posteriores, siendo igualmente  desechada la idea por estimar la Junta que  con el mercado del Mantelete era suficiente. Aunque el Gobernador Militar, general Muñiz,  asumió meses más tarde la idea como propia, no prosperó y el mercado quedó pendiente.

La petición de los habitantes de la zona, solicitando un mercado cercano, se formalizó en enero de 1905 mediante un escrito presentado a la Junta por algunos vecinos y propietarios. En el mismo hacían ver que en aquellos barrios vivían ya 4.396 almas, mientras que  los interiores eran 2.827 sus habitantes. En realidad, contando la guarnición, casi 11.000 personas estaban establecidas en los barrios periféricos. Aludían también los firmantes al hecho de que la zona intermedia no estaba aún totalmente urbanizada, por lo que el tránsito hasta el Mantelete se hacía muy penoso. Como argumento final afirmaban que el mercado del Mantelete se había quedado pequeño y parte de los puestos estaban colocados en el exterior, a la intemperie. Recordaban a la Junta que ya en ocasiones anteriores sus componentes habían reconocido esta necesidad. El escrito estaba firmado por el comerciante y propietario Serapio Peré, el propietario y vecino del barrio Juan Barciela, el laureado médico militar Urbano Orad, el antiguo aparejador de la Comandancia de Ingenieros y propietario Francisco García Romagnoli, el médico civil y vecino Fernando Moreno, y el comerciante, armador y propietario Miguel Bernardi. De los firmantes, dos vivían en el barrio del Polígono, y los tres restantes en el Pueblo.

Algunos vocales de la Junta se solidarizaron con los firmantes, pero la petición llegaba en un momento en que la Plaza andaba escasa de fondos. Como solución intermedia, El Telegrama, sugería se habilitara un mercado provisional y más tarde, cuando la Junta dispusiera de dinero, construir un edificio ad hoc. 

 Barrios exteriores (1905)

En el mercado de hierro del Mantelete, contrariando la idea original de su creación, se habían instalado puestos de artículos diversos, en su mayor parte géneros de vestuario y otros demandados por los habitantes de las kabilas cercanas. Estos puestos  fueron desalojados y para reinstalarlos se habilitaron  a espaldas del cuartel de la Guardia Civil, en los terrenos de los antiguos- y polémicos- huertos de Cappa, trece casetas que comenzaron a funcionar en julio de aquel año, formándose en el lugar un variopinto  mercado donde se vendían las más diversos objetos, y al que había que añadir la nueva pescadería, junto al túnel de San Fernando, bajo la falsabraga, que algunos años después, con desafortunado criterio, fue trasladada a la Marina. Mientras, el mercado diario de verduras, espectáculo sorprendente para visitantes de la ciudad, seguía en el lugar de siempre, ocupando las calles de Santa Bárbara (que ese mismo año había cambiado su nombre por el de duque de Almodóvar, presidente de  la Conferencia de Algeciras) y San Jorge.

A final de año, el comerciante Salvador Botella, vocal de la Junta de Arbitrios y vecino del Polígono, insistía en la necesidad de construir un nuevo mercado para los barrios exteriores, saliéndole al paso el general Chacel, quien alegaba que la insuficiencia del mercado era solo por la mañana, como ocurría en todas las poblaciones, entendiendo el general que habrían de pasar varios años antes de que fuera necesaria la construcción de otro. El resto de vocales apoyaron al General.

Dos años pasaron antes de que la necesidad de habilitar un paso de carruajes hacia el muro X y muelles, obligara a la Junta de Arbitrios a despejar las calles duque de Almodóvar y San Jorge, por lo que se desplazó el mercado de verduras, que en enero de 1909 fue llevado al terreno existente tras la casa de Salama, situada en la misma calle, casa  donde dos años más tarde se instaló la Junta.

 Mercado descubierto del Mantelete (1909)

Para colocar  en aquel terreno el mercado de verduras no hubo más remedio que desplazar las barracas allí existentes, que fueron llevadas a un  desmonte existente en la calle Margallo, desmonte resultado de la extracción de tierras para el relleno del barrio Reina Victoria y donde la Junta pensaba construir una escuela.

Allí quedaron las barracas hasta que, por fin, iniciada la campaña de 1909,  a la vista de la demanda de nuevos puestos de mercado por gentes recién llegadas a la ciudad,  en sesión de la Junta de 22 de noviembre de 1909, presidida por el general Real, y a propuesta de éste, se acordó crear un mercado provisional en la citada calle Margallo, comenzándose a construir un grupo de casetas que en marzo de 1910 estaban terminadas, inaugurándose el mercado el 19 del mismo mes. Además de las casetas se permitió la instalación, en las cercanías, de puestos de verduras, formándose un mercadillo adicional, que se ha conservado en el barrio, con distintas ubicaciones, hasta hoy.

El nuevo mercado del Polígono no tuvo el éxito de público que se esperaba. Acudían pocos compradores porque los vecinos preferían para sus compras el del Mantelete, donde había una mayor oferta de productos  y más barata, y al que se acercaban utilizando alguno de los coches de punto o ripperts de la parada del barrio, en el número 29 de la calle Margallo, frente al hotel Colón. Como decía una vieja vendedora al periodista de El Telegrama, “así se pasean y se entretienen”.

 Mercado del Polígono, plano de situación (1913)

Abandonado y escasamente surtido de productos, el mercado provisional del Polígono se había convertido algún tiempo más tarde en un peligroso foco infeccioso, a lo que contribuyó no poco la pescadería. Algunas  barracas fueron desapareciendo y otras fueron sustituidas por casetas de mampostería, obligados los concesionarios por la inspección de Mercados de la Junta.

Tras el comienzo de   la Campaña de 1921, las arcas municipales se vieron favorecidas por el  incremento de la población, de la importación de mercancías y de las transacciones comerciales. 
 
Es entonces cuando, en una sesión de la Junta de Arbitrios de 1 de octubre de 1921, se decide la construcción de un mercado permanente en el barrio del Polígono. Al mismo tiempo se decidía el derribo de aquellas barracas del mercado provisional que se hallaban en mal estado, quedando solamente las de mampostería.

El proyecto de mercado, a cargo del capitán Carcaño, se terminó en febrero de 1922, estimándose su coste en unas 136.000 pesetas. Con el transcurso del tiempo el proyecto fue sufriendo modificaciones sucesivas, adaptándose a  los cambios de criterio sobre su organización interna.

Por fin  se aprueba su construcción en sesión de la Junta del 22 de mayo de 1923.  En el mes de septiembre siguiente, con la lentitud habitual en las obras municipales, se desmontan todas las casetas, y se trasladan provisionalmente a la inmediata plaza de Martínez Campos. La pescadería se llevó junto a la fuente del Bombillo, con las consiguientes protestas del vecindario, pues la  limpieza del pescado se hacía en la fuente, haciéndola inútil para el servicio público.

Hechas las obras de replanteo en octubre siguiente, se comenzó el mercado del 14  de diciembre de ese mismo año, ampliándose el solar a base de barrenos. En un principio el mercado debería contar con 110 puestos fijos y 200 móviles, número que finalmente, aunque sin apartarse mucho, había variado al final.

 Mercado del Polígono (1925)

Las obras de terminaron en junio de 1925, con proyecto definitivo del capitán Palanca,  ingeniero municipal, actuando de sobrestante Estanislao Lacazi Yébenes, al servicio de la Junta desde 1913.

Constaba de tres naves, la central de 45 metros de largo y 17 de ancho, para la venta de comestibles, con 40 puestos cubiertos, con cierre metálico y 136 descubiertos para vendedores ambulantes. Tenía tres puertas de acceso, dando la principal a la calle Margallo, con puertas giratorias de cristales y ventanas protegidas con telas metálicas para conservar las condiciones higiénicas de los locales, impidiendo el paso de insectos.

Las otras dos naves, de 20 x 9,  se destinaban a carnicería y pescadería, con puertas al exterior y a la nave principal. La carnicería tenía 23 puestos con puertas metálicas. La pescadería, 39 puestos de menores dimensiones, con mostradores de piedra artificial. Fue renovada en 1947.

En el interior había varias fuentes para todos los servicios.

De forma general, es el mercado que todos hemos conocido hasta hace unos años en que fue clausurado.

El mercado del Polígono fue inaugurado oficialmente, por el Comandante General, señor Castro Girona, el 15 de enero de 1926, siendo inspector de mercados el señor Bernardi.

Algunos de los puestos de comestibles seguían desocupados  por no haber tenido tiempo  algunos concesionarios de trasladar sus mercancías desde el mercado provisional de Martínez Campos.

A todos los expendedores se les obligó a utilizar unos blusones claros.

Quedaba pendiente de instalar el frigorífico, que se colocó en el mes de julio siguiente, pero que, poco eficaz,  fue desmontado un año más tarde y trasladado el nuevo matadero. 

  Mercado del Polígono (2005)

Para El Telegrama, resultaba un edificio “un tanto presuntuoso y un poco oscuro y ahogado”, aun  reconociendo la necesidad de la obra; para el comandante Gallego, de Ingenieros, era “un edificio modelo en su clase, que tiene bien resueltos detalles constructivos.” (Memorial de Ingenieros 1926).

En esta época ya se pensaba en la construcción de un mercado central para la ciudad, idea antigua pero latente, aunque  la inauguración del mercado del Polígono acabó con ella, pues este mercado era, de hecho, el mercado central de Melilla.

En cuanto a su coste definitivo, nunca se supo. En la Memoria de la recién creada Junta Municipal de 1927-1930, se reconoce esta circunstancia, aunque aventura la cifra de 800.000 pesetas, lo que suponía un 16% de todo el presupuesto de 1916.

jueves, 4 de agosto de 2011

TEATRO REINA VICTORIA

Antes de la aparición del cinematógrafo, el teatro ocupaba un lugar  muy destacado dentro del cuadro general  de espectáculos ofrecidos al público. Melilla no fue, evidentemente, una excepción a este respecto. Tenemos noticias, aunque escasas, de que el teatro, o género similar, estuvo presente, de forma ocasional, durante los siglos XVIII y XIX; teatro, eso sí, de carácter privado, a cargo de aficionados al género, salidos de los cuadros de jefes y oficiales de la guarnición y de sus familias, que utilizaban locales improvisados y poco aptos para el género como, por ejemplo, en el XIX,  el almacén de la Florentina, donde había, al decir del teniente Lapoulide, llegado a Melilla en 1880, un “diminuto  escenario”, donde los asientos eran bancos corridos, y dos “cuartuchos” servían de vestuario, teniendo el de mujeres, como detalle distintivo, una alfombra. El conserje del teatro era, como afirmaba con humor el citado teniente, de la “honrada clase de presidiarios sueltos y con destino”.

 Plano del teatro en calle de la Iglesia (1896)

Cuando, a fines del XIX, aumentó la guarnición, este tipo de espectáculos se hizo más estable, hasta el punto de que, en  1887, el gobernador de la plaza cedió a una “compañía” de actores de la guarnición, un local frente a la iglesia del Pueblo, antiguo  corral de la botica militar,  que hasta ese año había sido escuela de primera enseñanza, recientemente trasladada a un  nuevo local en la calle Alta. El teatro se constituyó en forma de sociedad, bajo la presidencia de un jefe de la guarnición, con el nombre de Recreo Melillense. Con el aumento de guarnición y de familias, el general Margallo se vio en la necesidad de  habilitar un local para escuela de párvulos, por lo que, desde  febrero de 1892,  el teatro tuvo que compartir escenario y patio con los niños de la plaza. Durante la guerra que recibe su nombre del general citado, y debido a la demanda extraordinaria de entradas, las localidades se asignaban por sorteo y, caso peculiar, los llamados moros de rey, llegados durante la campaña, tenían asignado un palco en las representaciones.

En la época del general Alcántara se levantó el teatro que recibe su nombre, estrenado el 17 de mayo de 1897 con la ópera Marina, representada por la compañía malagueña de Enrique Guardón, y  en el que  siguieron exhibiendo sus facultades artísticas los oficiales de la guarnición, pero al que  también llegarían, como importante novedad, compañías procedentes del Sur español, compañías de tercera fila, sin duda, a las que en alguna ocasión, como aseguraba Manuel Galbán, el que fue administrador y director de El Telegrama del Rif, en alguna ocasión, por no tener  medios económicos suficientes,  hubo que pagarles el pasaje de vuelta.

La campaña de 1909 indujo un aumento de la población de Melilla y con él la demanda de espectáculos diversos, entre ellos el teatro.

En realidad esta demanda estaba ya prevista en el controvertido proyecto de urbanización del actual centro urbano, en proceso desde 1905,   donde se menciona expresamente la reserva de un solar para la construcción de un teatro.

En este lugar, en las cercanías de la fábrica de luz, en uno de los solares demarcados a la derecha de la carretera del Polígono, junto a la calle del general Chacel, nombre que desde el 16 de septiembre de 1907 se dio a la actual Avenida, se levanta en marzo de 1910 un barracón provisional destinado a variados espectáculos, entre ellos cine, varietés y teatro.

 Teatro Reina Victoria (1912)

El salón Victoria, que recogía el nombre que desde el 20 de mayo de 1907 llevaba el barrio de la Reina Victoria, se inauguró el 26 de marzo de 1910, con seis películas proyectadas en sesiones consecutivas desde las cinco de la tarde, y como sesión  central, un concierto del virtuoso violinista cubano  Claudio Brindis de Salas, el llamado Paganini Negro, fallecido poco tiempo más tarde en la mayor de las miserias.

Entre las películas más celebradas por el público estaban los documentales titulados España en el Rif, con secuencias de la campaña anterior, entre las que llamó especialmente la atención la tercera parte, El combate de Beni Sicar, que, como la mayor parte de las películas filmadas durante las campañas, tenía más de teatro filmado que de documental bélico.

Dos semanas más  tarde, se adjudicaba al propietario del salón, el diputado por Lérida Ricardo Ramos, en la subasta organizada el efecto, y en el mismo lugar, dos solares, con la obligación de construir, a corto plazo,  un edificio con proyecto ajustado a la normativa urbanística  entonces vigente en la ciudad. A finales de septiembre se le volvió a recordar  la obligación asumida en la adjudicación, y poco después se procedió al derribo del barracón y a la construcción de un edificio de mampostería, edificio que fue inaugurado el 10 de junio de 1911 con el nombre de Teatro Reina Victoria. El proyecto era del arquitecto Jaume Torres Grau. La compañía de zarzuela de Manolo Velasco fue la encargada de dar solemnidad al estreno.

Desde esta fecha el teatro Reina Victoria ofrece al público de Melilla los mejores espectáculos de teatro, cine y variedades.

Las compañías de teatro de mayor relieve en España, se dan cita en el local de la Avenida. Compañías como las de Carmen Cobeña. Luis Martínez Tovar, Enrique Borrás, Simó-Raso, Margarita Xirgu, Francisco Morano, Pedro Zorrilla, Plana-Díaz,  María Palou, Felipe Sassone, y la de los consagrados María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza.

 Compañía Guerrero-Díaz de Mendoza, cartel (1923)

Artistas destacadas en la canción , como Cándida Suárez, la Argentinita, Amalia Isaura o Conchita Piquer, o en géneros diversos, como el popular transformista Leopoldo Frégoli, y acróbatas cómicos como Los Ramper. 

En el cine, cintas  aplaudidas como La danza fatal, de Pastora Imperio; Madame Du Barry, de Pola Negri; Avaricia, de Francesca Bertini; la serie Chiquilin , de Jackie Coogan, o Los últimos días de Pompeya, un film de dos horas y media de duración.

En el género lírico, actúan en el Reina Victoria las cantantes Mercedes Capsir y  Ofelia Nieto, y la compañía de zarzuela del Maestro Guardón, viejo conocido de la ciudad, que  batió un record de permanencia, manteniéndose en la sala durante ocho meses seguidos en 1917.

En 1915 se hicieron obras de mejora en el  local, para lo que llegó a Melilla su propietario, Ricardo Ramos, quien, en diciembre siguiente compra el teatro Kursaal pagando por él 80.000 pesetas.

 Teatro Reina Victoria (1919)

En marzo de 1929, los teatros Reina Victoria y Kursaal son comprados a su antiguo propietario por Corbella, alma de los inoperantes Centros Comerciales , quien los arrendó a los inevitables empresarios Rico y Rojo, presentes en la mayor parte de  los espectáculos de la ciudad, y anteriores titulares  del Teatro Reina Victoria.

A la llegada de la República, como era de esperar, y desde el 19 de abril de 1931,   el teatro Reina Victoria  cambió su  monárquico nombre por el de Teatro España, en un momento en  ya daba muestras de decadencia, de la que no le salvó la instalación del cine sonoro, inaugurado el 29 de mayo siguiente. La competencia de salas como el  Kursaal, Perelló y el nuevo Monumental, mejor acondicionadas, acabó con el viejo teatro, que fue derribado en noviembre de 1934.

miércoles, 27 de julio de 2011

LAS DESTILADORAS

La caseta que se observa a la izquierda de la fotografía adjunta, al pie de la Florentina, fue un elemento persistente en numerosas fotografías del puerto de Melilla durante casi una década.

 Destiladoras de Florentina (1912)

A fines del mes de julio de 1909, iniciada la campaña de aquel año, y a medida que llegaban unidades militares a Melilla, la ciudad se encontró con un grave problema de abastecimiento de agua al tener que atender a las necesidades de un nutrido ejército expedicionario. 

Ya con anterioridad  a esta campaña se había suscitado este problema con el progresivo aumento de la población. A fines del siglo anterior, y con el fin de incrementar el caudal, se había ensayado, en el pozo de la plaza de Armas y con deficiente resultado, un sistema de elevación de agua por medio de un artilugio movido por viento.

En agosto de 1900 se colocó, en el mismo lugar, una máquina (bombillo) que, por medio de un grupo electrógeno, extraía 1.000 litros por minuto mejorando el rendimiento anterior, y con los que se surtía  de agua al barrio antiguo y Mantelete.

Con barrios en continuo crecimiento, abastecidos por pozos improvisados, con ninguna garantía de salubridad, y en los barrios más alejados, por la llamada fuente del Bombillo, que extraía su agua con un motor del que tomaba su nombre, las necesidad del líquido se hacía cada día más urgente. Lejos quedaban los tiempos de Conti y Santillana, en que se decía que el agua era abundante en Melilla.  

En marzo de 1907, el general Chacel ordenó al ingeniero de la Junta de Arbitrios capitán Redondo Ballester, estudiara un proyecto de abastecimiento de agua a tomar de manantiales situados en los límites, sin resultado alguno.

En ese mismo año, el general Serrano encarga al ingeniero de la Junta del Puerto, Manuel Becerra, un nuevo proyecto para extraer el agua del cauce del río de Oro, con el que se pensaba se llevaría el agua a todos los barrios excepto al Pueblo, proyecto también sin ejecución.

 Destiladoras de Florentina (1909) , situación (A)

En este punto encuentra a la ciudad el inicio de la mencionada campaña.

El suministro de agua a las fuerzas militares se hacía aprovechando los pozos existentes en el territorio, fundamentalmente el del llamado Huerto de las Cañas, situado en el actual barrio del Tesorillo, de donde se surtían los aljibes y carricubas de Administración Militar; las unidades situadas dentro de Melilla, aprovechaban el resto de los pozos y fuentes, como el mencionado Bombillo, y los pozos del barrio obrero, zoco, Hipódromo y Lavaderos, todos ellos con agua de mediocre calidad. En el territorio vecino, las unidades intervinientes utilizaban el agua aportada por los convoyes de Administración Militar y, con el tiempo,  los pozos que los ingenieros militares iban abriendo sobre el terreno.

El Ministerio de la Guerra, preocupado por las campañas de prensa relacionadas con la sed de los soldados,   y pese a las manifestaciones contrarias del  general Marina,  ordenó la  adquisición de destiladoras por el Cuerpo de Administración Militar (hoy Intendencia),  y el día 30 de agosto de ese mismo año llegaban a Melilla, en el Cataluña, tres grupos, a dos destiladoras por grupo.

 Destiladora de Florentina, sección

Se colocaron, dos en el Hipódromo, dos en la zona de San Lorenzo, cercanas el muelle provisional y las dos últimas, al pie de la Florentina, al final del muelle militar. Estas últimas son las que se ven en la foto.

En la adquisición de las destiladoras no se tuvo en cuenta el coste de su funcionamiento, tanto el de instalación como el de consumo de carbón, que el capitán Gallego (La campaña…1909), de Ingenieros, contrario a su utilización, estimaba en media tonelada de carbón por cada tonelada de agua destilada, para una producción de 60.000 litros en 24 horas de funcionamiento. Su compañero de Arma, Francisco Carcaño, por el contrario, pensaba, en marzo de 1910 (El Telegrama del Rif), cuando todavía no habían entrado en funcionamiento las destiladoras, que su uso era muy conveniente, estimando que con una tonelada de carbón se conseguirían  10.000 litros de agua destilada.

La campaña terminó y los grupos de destiladoras, de las que el Parque de Suministros de hizo cargo el 14 de julio de 1910,  no llegaron a ponerse en marcha, pues muchas de las  unidades expedicionarias fueron sucesivamente evacuadas hacia la Península, y buena parte del resto quedaron distribuidas  por la zona, donde los ingenieros militares hicieron captaciones de agua que aliviaron algo los  trabajosos convoyes de suministro.

Las destiladoras de Florentina continuaron en el lugar, formando parte del paisaje,  hasta agosto de 1918 en que fueron desmontadas.

lunes, 11 de julio de 2011

PLAZA DE TOROS DEL RIO

Hasta finales del siglo XIX no tuvo Melilla población  con densidad suficiente como para demandar la organización de espectáculos taurinos  con carácter permanente en la ciudad. Durante aquel siglo, y esporádicamente, se celebraban algunos festejos que solamente con muy buena voluntad podríamos llamar corridas de toros. El improvisado  e insignificante coso taurino se hallaba en el llamado barrio de la Alcazaba, al pie de la batería del Rosario. Cuando en 1918 se dieron nombres a la calles del modesto y popular barrio, una de ellas se llamó De los Toros, en recuerdo de aquel.


Tras la guerra de Margallo, el rápido crecimiento de la población, la mayoría procedente del sur español, donde los toros formaban parte del paisaje cotidiano,  hizo que al coro de voces que demandaban la celebración en Melilla de la llamada fiesta nacional fuera creciendo, hasta que la petición fue recogida por Junta de Arbitrios, el peculiar y sin par órgano municipal melillense, quien dio la autorización pertinente.


El proyecto y ejecución de la plaza, a levantar al otro lado del río, en lo que entonces era campo de instrucción,  fue encomendado al capitán de Ingenieros Julio Carande, quien se puso manos a la obra, actuando por cuenta del representante de la empresa local concesionaria, Mariano Fernández Batanero, industrial carnicero llegado a Melilla con ocasión de la guerra mencionada.  Propuso el capitán  una plaza compuesta de dos cuerpos, uno de mampostería y otro de madera de muy simple estructura, y con un  coste de 35.000 pesetas. El francés René-Leclerc, de paso por Melilla en agosto de 1904, decía que la plaza de toros presentaba “buen aspecto”, una de las pocas cosas positivas que vio en la ciudad, con la que se mostró muy crítico e incluso insultante.(Le Maroc septentrional. Souvenirs…1904)

 Plaza de toros del río, inauguración (1902)



Las obras fueron aligeradas, trabajándose día y noche para ser inaugurada en la fecha prevista, el 18 de mayo de 1902, día en que en Melilla se celebraban las fiestas de coronación del Rey Alfonso XIII.

Hay que reconocer que, desde aquella fecha, y salvo raras ocasiones, los festejos taurinos no destacaron precisamente por su calidad. Toreros de muy modesta condición, en algún caso, incluso, soldados de la guarnición, fueron los protagonistas de la fiesta. Hasta su desaparición el coso fue utilizado en numerosas ocasiones para servicios muy alejados de su propósito original.


Un año más tarde, el 13 de abril de 1903, fueron alojados en la plaza la mayor parte de las 600 personas, entre  áskaris y mujeres, que formaban parte de la mehalla del Sultán Abdelaziz , al mando del Amrani , llegado a la zona para combatir al Roghi, y que fueron desalojados, con el Bachir al frente, tras la explosión de una mina, de la alcazaba de Farhana, cuyos tristes restos aún son visibles en el lugar.

Plaza de toros (1904)


La plaza de toros fue pasando por manos de gentes voluntariosas que pretendían mantener el calor taurino en la ciudad, con escasa suerte.


Uno de ellos, Pedro Sanabra, antiguo soldado de la guarnición y funcionario de la Junta de Arbitrios, se desplazaba incluso a la Península, en 1904,  con el fin de buscar toros para la fiesta. Al año siguiente era Pedro Fernández Batanero, recientemente llegado de Málaga, e industrial carnicero  como su hermano, era quien traía toros de Tánger para las corridas; poco más tarde  salía la plaza a concurso para su arriendo , por la modesta suma de 2.000 pesetas de salida. Al año siguiente se ponía en venta, siendo adquirida, en 16.000 pesetas, por el industrial almeriense Juan Saenz, que pretendía convertir la plaza en almacenes de cara al comercio con las kabilas vecinas. Aparecen voces en la ciudad aconsejando a la Junta de Arbitrios su adquisición y conversión en fondak con el mismo destino. Finamente, en julio de 1907,  fue adquirida por la Compañía del Norte Africano que, no sabiendo que hacer con ella, propuso su derribo a principios de 1909.

 Plaza de toros, ubicación (1909)



Por aquel  tiempo José Ferrín, P. Pillo, el popular periodista, escribía, incisivo, sus Cositas en  El Telegrama:

…esa plaza

Por la cual tantos maletas

Han cruzado, para escarnio

De la taurómaca fiesta



Iniciada la campaña de 1909, la plaza se destina a acuartelamiento del escuadrón de Lusitania, siendo seguido al año siguiente por el 10º Montado de Artillería , y en 1912 por  una unidad de caballería que la destinó a picadero, función que siguió desempeñando aun  cuando ya el coso presentaba señales evidentes de ruina.
Se demolió el 4 de mayo de 1917.

  Plaza de toros, ubicación (1913)