lunes, 22 de agosto de 2011

EL MERCADO DEL POLIGONO

Antes de que el cuarto recinto de la fortificación de Melilla quedara completamente cerrado,  el mercado diario de artículos de primera necesidad y  de consumo habitual   se desarrollaba, según las épocas,  o dentro del primer recinto, o en el terreno bajo llamado Mantelete. Productos del campo que, en las épocas de tranquilidad,  eran conducidos  a Melilla  por las kabilas marroquíes circundantes. 

Al levantarse  el Muro X, en una primera fase del proyecto de ensanche del comandante Lizaso (1880), al mercado, llamado en la plaza Mercado de los Moros,  se le dio una ubicación fija en el Mantelete de San Jorge, espacio limitado por el citado muro y otro perpendicular al mismo, que en el plano de Lizaso llevaba también la letra x; espacio que hoy podemos situar entre el viejo mercado del Mantelete y la muralla del segundo recinto, donde se encuentran los supervivientes edificios  de antiguo barrio.

En una tercera fase, tras quedar cerrado por completo el Mantelete, el mercado fue trasladado al llamado Mantelete exterior. Este mercado era conocido con el sugerente nombre de Zoco, se celebraba al aire libre, y subsistió,  tras la campaña de Margallo, en el terreno que dejaron libre los nuevos cuarteles provisionales.

 Zoco del Mantelete (1892)

A principios de 1891 se inicia la construcción de  los barrios exteriores, comenzando por el llamado del Polígono, momento en que  surgió   la necesidad de la construcción  de  un mercado que sirviera al conjunto de la población. No era una idea nueva, pues ya en 1890 D. José Gómez, previendo la expansión de la ciudad, había propuesto esta clase de obra. Aunque se llegó a encargar  al ingeniero militar Eligio Souza  la confección  de un proyecto, y se llegó a anunciar, año tras año,  el inminente comienzo de las obras, el proyecto quedó pospuesto hasta que en sesión del 5 de junio de 1896, y apoyado por el general Alcántara, se aprobó por el pleno de la Junta de Arbitrios uno  propuesto en una sesión anterior por el comerciante Carlos Ezagoury, edificio  a situar en el Mantelete.

Con las obras a cargo del contratista malagueño Francisco Orozco,  constructor del cuartel de la Guardia Civil (1896)  y del actual edificio de la Comandancia General (1904), el mercado del Mantelete se inauguró el 3 de enero de 1898, destinado, en principio, a artículos de consumo diario.

Con el mercado de hierro del Mantelete, siguió conviviendo  el mercado de verduras  al aire libre, que diariamente, al toque de diana, cuando se abría la puerta de Santa Bárbara, se formaba espontáneamente en la calle del mismo nombre y en la inmediata de San Jorge.

 Mercado del Mantelete (Gómez, 1904)

Esta situación se mantuvo hasta que, con  el aumento de población, y la creación de nuevos barrio exteriores como los del Carmen (1897), Santiago (1900) , y Buen Acuerdo (1902), situados a la distancia que hasta entonces marcaba la normativa de zonas polémicas, comenzaron los vecinos a presionar demandando la construcción de un mercado  cercano.

Como la idea de distancia cambia según el tiempo y el lugar, hoy nos parece que esta distancia es pequeña, pero entonces la comprendida entre los barrios exteriores y el Mantelete parecía grande a los habitantes de barrio, especialmente para los del Polígono.

Por fin, en la sesión de la Junta de Arbitrios del 20 de junio de 1904, el Mayor de Plaza, haciéndose eco de las peticiones de los vecinos, propuso la construcción de un mercado exterior, proponiendo que fuera levantado junto al Tejar de Ingenieros, donde estuvo la Comandancia de Ingenieros y hoy contiene dependencias militares. La propuesta fue rechazada por  estar el lugar dentro de la zona polémica. No dándose por vencido el Mayor insistió en sesiones posteriores, siendo igualmente  desechada la idea por estimar la Junta que  con el mercado del Mantelete era suficiente. Aunque el Gobernador Militar, general Muñiz,  asumió meses más tarde la idea como propia, no prosperó y el mercado quedó pendiente.

La petición de los habitantes de la zona, solicitando un mercado cercano, se formalizó en enero de 1905 mediante un escrito presentado a la Junta por algunos vecinos y propietarios. En el mismo hacían ver que en aquellos barrios vivían ya 4.396 almas, mientras que  los interiores eran 2.827 sus habitantes. En realidad, contando la guarnición, casi 11.000 personas estaban establecidas en los barrios periféricos. Aludían también los firmantes al hecho de que la zona intermedia no estaba aún totalmente urbanizada, por lo que el tránsito hasta el Mantelete se hacía muy penoso. Como argumento final afirmaban que el mercado del Mantelete se había quedado pequeño y parte de los puestos estaban colocados en el exterior, a la intemperie. Recordaban a la Junta que ya en ocasiones anteriores sus componentes habían reconocido esta necesidad. El escrito estaba firmado por el comerciante y propietario Serapio Peré, el propietario y vecino del barrio Juan Barciela, el laureado médico militar Urbano Orad, el antiguo aparejador de la Comandancia de Ingenieros y propietario Francisco García Romagnoli, el médico civil y vecino Fernando Moreno, y el comerciante, armador y propietario Miguel Bernardi. De los firmantes, dos vivían en el barrio del Polígono, y los tres restantes en el Pueblo.

Algunos vocales de la Junta se solidarizaron con los firmantes, pero la petición llegaba en un momento en que la Plaza andaba escasa de fondos. Como solución intermedia, El Telegrama, sugería se habilitara un mercado provisional y más tarde, cuando la Junta dispusiera de dinero, construir un edificio ad hoc. 

 Barrios exteriores (1905)

En el mercado de hierro del Mantelete, contrariando la idea original de su creación, se habían instalado puestos de artículos diversos, en su mayor parte géneros de vestuario y otros demandados por los habitantes de las kabilas cercanas. Estos puestos  fueron desalojados y para reinstalarlos se habilitaron  a espaldas del cuartel de la Guardia Civil, en los terrenos de los antiguos- y polémicos- huertos de Cappa, trece casetas que comenzaron a funcionar en julio de aquel año, formándose en el lugar un variopinto  mercado donde se vendían las más diversos objetos, y al que había que añadir la nueva pescadería, junto al túnel de San Fernando, bajo la falsabraga, que algunos años después, con desafortunado criterio, fue trasladada a la Marina. Mientras, el mercado diario de verduras, espectáculo sorprendente para visitantes de la ciudad, seguía en el lugar de siempre, ocupando las calles de Santa Bárbara (que ese mismo año había cambiado su nombre por el de duque de Almodóvar, presidente de  la Conferencia de Algeciras) y San Jorge.

A final de año, el comerciante Salvador Botella, vocal de la Junta de Arbitrios y vecino del Polígono, insistía en la necesidad de construir un nuevo mercado para los barrios exteriores, saliéndole al paso el general Chacel, quien alegaba que la insuficiencia del mercado era solo por la mañana, como ocurría en todas las poblaciones, entendiendo el general que habrían de pasar varios años antes de que fuera necesaria la construcción de otro. El resto de vocales apoyaron al General.

Dos años pasaron antes de que la necesidad de habilitar un paso de carruajes hacia el muro X y muelles, obligara a la Junta de Arbitrios a despejar las calles duque de Almodóvar y San Jorge, por lo que se desplazó el mercado de verduras, que en enero de 1909 fue llevado al terreno existente tras la casa de Salama, situada en la misma calle, casa  donde dos años más tarde se instaló la Junta.

 Mercado descubierto del Mantelete (1909)

Para colocar  en aquel terreno el mercado de verduras no hubo más remedio que desplazar las barracas allí existentes, que fueron llevadas a un  desmonte existente en la calle Margallo, desmonte resultado de la extracción de tierras para el relleno del barrio Reina Victoria y donde la Junta pensaba construir una escuela.

Allí quedaron las barracas hasta que, por fin, iniciada la campaña de 1909,  a la vista de la demanda de nuevos puestos de mercado por gentes recién llegadas a la ciudad,  en sesión de la Junta de 22 de noviembre de 1909, presidida por el general Real, y a propuesta de éste, se acordó crear un mercado provisional en la citada calle Margallo, comenzándose a construir un grupo de casetas que en marzo de 1910 estaban terminadas, inaugurándose el mercado el 19 del mismo mes. Además de las casetas se permitió la instalación, en las cercanías, de puestos de verduras, formándose un mercadillo adicional, que se ha conservado en el barrio, con distintas ubicaciones, hasta hoy.

El nuevo mercado del Polígono no tuvo el éxito de público que se esperaba. Acudían pocos compradores porque los vecinos preferían para sus compras el del Mantelete, donde había una mayor oferta de productos  y más barata, y al que se acercaban utilizando alguno de los coches de punto o ripperts de la parada del barrio, en el número 29 de la calle Margallo, frente al hotel Colón. Como decía una vieja vendedora al periodista de El Telegrama, “así se pasean y se entretienen”.

 Mercado del Polígono, plano de situación (1913)

Abandonado y escasamente surtido de productos, el mercado provisional del Polígono se había convertido algún tiempo más tarde en un peligroso foco infeccioso, a lo que contribuyó no poco la pescadería. Algunas  barracas fueron desapareciendo y otras fueron sustituidas por casetas de mampostería, obligados los concesionarios por la inspección de Mercados de la Junta.

Tras el comienzo de   la Campaña de 1921, las arcas municipales se vieron favorecidas por el  incremento de la población, de la importación de mercancías y de las transacciones comerciales. 
 
Es entonces cuando, en una sesión de la Junta de Arbitrios de 1 de octubre de 1921, se decide la construcción de un mercado permanente en el barrio del Polígono. Al mismo tiempo se decidía el derribo de aquellas barracas del mercado provisional que se hallaban en mal estado, quedando solamente las de mampostería.

El proyecto de mercado, a cargo del capitán Carcaño, se terminó en febrero de 1922, estimándose su coste en unas 136.000 pesetas. Con el transcurso del tiempo el proyecto fue sufriendo modificaciones sucesivas, adaptándose a  los cambios de criterio sobre su organización interna.

Por fin  se aprueba su construcción en sesión de la Junta del 22 de mayo de 1923.  En el mes de septiembre siguiente, con la lentitud habitual en las obras municipales, se desmontan todas las casetas, y se trasladan provisionalmente a la inmediata plaza de Martínez Campos. La pescadería se llevó junto a la fuente del Bombillo, con las consiguientes protestas del vecindario, pues la  limpieza del pescado se hacía en la fuente, haciéndola inútil para el servicio público.

Hechas las obras de replanteo en octubre siguiente, se comenzó el mercado del 14  de diciembre de ese mismo año, ampliándose el solar a base de barrenos. En un principio el mercado debería contar con 110 puestos fijos y 200 móviles, número que finalmente, aunque sin apartarse mucho, había variado al final.

 Mercado del Polígono (1925)

Las obras de terminaron en junio de 1925, con proyecto definitivo del capitán Palanca,  ingeniero municipal, actuando de sobrestante Estanislao Lacazi Yébenes, al servicio de la Junta desde 1913.

Constaba de tres naves, la central de 45 metros de largo y 17 de ancho, para la venta de comestibles, con 40 puestos cubiertos, con cierre metálico y 136 descubiertos para vendedores ambulantes. Tenía tres puertas de acceso, dando la principal a la calle Margallo, con puertas giratorias de cristales y ventanas protegidas con telas metálicas para conservar las condiciones higiénicas de los locales, impidiendo el paso de insectos.

Las otras dos naves, de 20 x 9,  se destinaban a carnicería y pescadería, con puertas al exterior y a la nave principal. La carnicería tenía 23 puestos con puertas metálicas. La pescadería, 39 puestos de menores dimensiones, con mostradores de piedra artificial. Fue renovada en 1947.

En el interior había varias fuentes para todos los servicios.

De forma general, es el mercado que todos hemos conocido hasta hace unos años en que fue clausurado.

El mercado del Polígono fue inaugurado oficialmente, por el Comandante General, señor Castro Girona, el 15 de enero de 1926, siendo inspector de mercados el señor Bernardi.

Algunos de los puestos de comestibles seguían desocupados  por no haber tenido tiempo  algunos concesionarios de trasladar sus mercancías desde el mercado provisional de Martínez Campos.

A todos los expendedores se les obligó a utilizar unos blusones claros.

Quedaba pendiente de instalar el frigorífico, que se colocó en el mes de julio siguiente, pero que, poco eficaz,  fue desmontado un año más tarde y trasladado el nuevo matadero. 

  Mercado del Polígono (2005)

Para El Telegrama, resultaba un edificio “un tanto presuntuoso y un poco oscuro y ahogado”, aun  reconociendo la necesidad de la obra; para el comandante Gallego, de Ingenieros, era “un edificio modelo en su clase, que tiene bien resueltos detalles constructivos.” (Memorial de Ingenieros 1926).

En esta época ya se pensaba en la construcción de un mercado central para la ciudad, idea antigua pero latente, aunque  la inauguración del mercado del Polígono acabó con ella, pues este mercado era, de hecho, el mercado central de Melilla.

En cuanto a su coste definitivo, nunca se supo. En la Memoria de la recién creada Junta Municipal de 1927-1930, se reconoce esta circunstancia, aunque aventura la cifra de 800.000 pesetas, lo que suponía un 16% de todo el presupuesto de 1916.

jueves, 4 de agosto de 2011

TEATRO REINA VICTORIA

Antes de la aparición del cinematógrafo, el teatro ocupaba un lugar  muy destacado dentro del cuadro general  de espectáculos ofrecidos al público. Melilla no fue, evidentemente, una excepción a este respecto. Tenemos noticias, aunque escasas, de que el teatro, o género similar, estuvo presente, de forma ocasional, durante los siglos XVIII y XIX; teatro, eso sí, de carácter privado, a cargo de aficionados al género, salidos de los cuadros de jefes y oficiales de la guarnición y de sus familias, que utilizaban locales improvisados y poco aptos para el género como, por ejemplo, en el XIX,  el almacén de la Florentina, donde había, al decir del teniente Lapoulide, llegado a Melilla en 1880, un “diminuto  escenario”, donde los asientos eran bancos corridos, y dos “cuartuchos” servían de vestuario, teniendo el de mujeres, como detalle distintivo, una alfombra. El conserje del teatro era, como afirmaba con humor el citado teniente, de la “honrada clase de presidiarios sueltos y con destino”.

 Plano del teatro en calle de la Iglesia (1896)

Cuando, a fines del XIX, aumentó la guarnición, este tipo de espectáculos se hizo más estable, hasta el punto de que, en  1887, el gobernador de la plaza cedió a una “compañía” de actores de la guarnición, un local frente a la iglesia del Pueblo, antiguo  corral de la botica militar,  que hasta ese año había sido escuela de primera enseñanza, recientemente trasladada a un  nuevo local en la calle Alta. El teatro se constituyó en forma de sociedad, bajo la presidencia de un jefe de la guarnición, con el nombre de Recreo Melillense. Con el aumento de guarnición y de familias, el general Margallo se vio en la necesidad de  habilitar un local para escuela de párvulos, por lo que, desde  febrero de 1892,  el teatro tuvo que compartir escenario y patio con los niños de la plaza. Durante la guerra que recibe su nombre del general citado, y debido a la demanda extraordinaria de entradas, las localidades se asignaban por sorteo y, caso peculiar, los llamados moros de rey, llegados durante la campaña, tenían asignado un palco en las representaciones.

En la época del general Alcántara se levantó el teatro que recibe su nombre, estrenado el 17 de mayo de 1897 con la ópera Marina, representada por la compañía malagueña de Enrique Guardón, y  en el que  siguieron exhibiendo sus facultades artísticas los oficiales de la guarnición, pero al que  también llegarían, como importante novedad, compañías procedentes del Sur español, compañías de tercera fila, sin duda, a las que en alguna ocasión, como aseguraba Manuel Galbán, el que fue administrador y director de El Telegrama del Rif, en alguna ocasión, por no tener  medios económicos suficientes,  hubo que pagarles el pasaje de vuelta.

La campaña de 1909 indujo un aumento de la población de Melilla y con él la demanda de espectáculos diversos, entre ellos el teatro.

En realidad esta demanda estaba ya prevista en el controvertido proyecto de urbanización del actual centro urbano, en proceso desde 1905,   donde se menciona expresamente la reserva de un solar para la construcción de un teatro.

En este lugar, en las cercanías de la fábrica de luz, en uno de los solares demarcados a la derecha de la carretera del Polígono, junto a la calle del general Chacel, nombre que desde el 16 de septiembre de 1907 se dio a la actual Avenida, se levanta en marzo de 1910 un barracón provisional destinado a variados espectáculos, entre ellos cine, varietés y teatro.

 Teatro Reina Victoria (1912)

El salón Victoria, que recogía el nombre que desde el 20 de mayo de 1907 llevaba el barrio de la Reina Victoria, se inauguró el 26 de marzo de 1910, con seis películas proyectadas en sesiones consecutivas desde las cinco de la tarde, y como sesión  central, un concierto del virtuoso violinista cubano  Claudio Brindis de Salas, el llamado Paganini Negro, fallecido poco tiempo más tarde en la mayor de las miserias.

Entre las películas más celebradas por el público estaban los documentales titulados España en el Rif, con secuencias de la campaña anterior, entre las que llamó especialmente la atención la tercera parte, El combate de Beni Sicar, que, como la mayor parte de las películas filmadas durante las campañas, tenía más de teatro filmado que de documental bélico.

Dos semanas más  tarde, se adjudicaba al propietario del salón, el diputado por Lérida Ricardo Ramos, en la subasta organizada el efecto, y en el mismo lugar, dos solares, con la obligación de construir, a corto plazo,  un edificio con proyecto ajustado a la normativa urbanística  entonces vigente en la ciudad. A finales de septiembre se le volvió a recordar  la obligación asumida en la adjudicación, y poco después se procedió al derribo del barracón y a la construcción de un edificio de mampostería, edificio que fue inaugurado el 10 de junio de 1911 con el nombre de Teatro Reina Victoria. El proyecto era del arquitecto Jaume Torres Grau. La compañía de zarzuela de Manolo Velasco fue la encargada de dar solemnidad al estreno.

Desde esta fecha el teatro Reina Victoria ofrece al público de Melilla los mejores espectáculos de teatro, cine y variedades.

Las compañías de teatro de mayor relieve en España, se dan cita en el local de la Avenida. Compañías como las de Carmen Cobeña. Luis Martínez Tovar, Enrique Borrás, Simó-Raso, Margarita Xirgu, Francisco Morano, Pedro Zorrilla, Plana-Díaz,  María Palou, Felipe Sassone, y la de los consagrados María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza.

 Compañía Guerrero-Díaz de Mendoza, cartel (1923)

Artistas destacadas en la canción , como Cándida Suárez, la Argentinita, Amalia Isaura o Conchita Piquer, o en géneros diversos, como el popular transformista Leopoldo Frégoli, y acróbatas cómicos como Los Ramper. 

En el cine, cintas  aplaudidas como La danza fatal, de Pastora Imperio; Madame Du Barry, de Pola Negri; Avaricia, de Francesca Bertini; la serie Chiquilin , de Jackie Coogan, o Los últimos días de Pompeya, un film de dos horas y media de duración.

En el género lírico, actúan en el Reina Victoria las cantantes Mercedes Capsir y  Ofelia Nieto, y la compañía de zarzuela del Maestro Guardón, viejo conocido de la ciudad, que  batió un record de permanencia, manteniéndose en la sala durante ocho meses seguidos en 1917.

En 1915 se hicieron obras de mejora en el  local, para lo que llegó a Melilla su propietario, Ricardo Ramos, quien, en diciembre siguiente compra el teatro Kursaal pagando por él 80.000 pesetas.

 Teatro Reina Victoria (1919)

En marzo de 1929, los teatros Reina Victoria y Kursaal son comprados a su antiguo propietario por Corbella, alma de los inoperantes Centros Comerciales , quien los arrendó a los inevitables empresarios Rico y Rojo, presentes en la mayor parte de  los espectáculos de la ciudad, y anteriores titulares  del Teatro Reina Victoria.

A la llegada de la República, como era de esperar, y desde el 19 de abril de 1931,   el teatro Reina Victoria  cambió su  monárquico nombre por el de Teatro España, en un momento en  ya daba muestras de decadencia, de la que no le salvó la instalación del cine sonoro, inaugurado el 29 de mayo siguiente. La competencia de salas como el  Kursaal, Perelló y el nuevo Monumental, mejor acondicionadas, acabó con el viejo teatro, que fue derribado en noviembre de 1934.